Editorial 10

Del paso de la universidad por mí (dicho al derecho suena un tanto más pretencioso), más que los conceptos y habilidades que debo reaprender cada tanto por mi discreto ejercicio del oficio, quedan personas con las que descubrí mi calaña y con las que todavía procuro estar casi siempre, no sólo mientras hago música, porque con ellas he trabado fuerte amistad. Dos de esas personas se llaman Juan Fernando. De ambos, a lo largo de años que se hacen cortos mientras nos hacemos anchos, he recibido revelaciones. Puedo decir que la parte buena del músico que soy adeuda a nuestras conversaciones.

Por iniciativa y labor de uno tenemos una orquesta que lleva el nombre y la idea de la Pascasia, y en trance de la generosidad del otro he podido confirmar la importancia de esa idea. Visitando al segundo, que ya no está con nosotros pero está vivo, pude acceder a un ensayo de Jazz at Lincoln Center Orchestra, agrupación que suma casi 30 años de trayectoria y que bajo la dirección de Winton Marsallis ha alcanzado un nivel superlativo. Fue como asistir a un entrenamiento de Bielsa. Pude constatar que la técnica debe trabajar en función del estilo, y que, aunque el ejercicio individual siempre debe favorecer el colectivo para poner en marcha la maquinaria del grupo, es la creatividad el hálito que la levanta en vuelo.

Durante la hora y monedas que estuve presente, el director exigía, desde la cualidad del sonido de cada instrumento y la articulación de las frases, que el lenguaje correspondiera al lugar y la época de la música que interpretaban. Tocaban piezas de Jelly Roll Morton, pionero del estilo de New Orleans entre los años 20 y 30. Pero, al mismo tiempo, estimulaba la creatividad de sus instrumentistas haciéndolos partícipes de las decisiones del arreglo y eximiendo de toda norma sus improvisaciones. Esta dinámica, similar a la que practicamos en la Pascasia, tiene un sentido.

Dicen que dijo Borges: La Universidad debiera insistirnos en lo antiguo y en lo ajeno. Si insiste en lo propio y lo contemporáneo, la Universidad es inútil, porque está ampliando una función que ya cumple la prensa. Yo digo que yo dije que esa función, en la globalización que sufrimos, la cumple también la oferta musical a la que estamos expuestos, que ,en lugar de revelarnos lenguajes diversos, tiende a unificar todo bajo un solo estilo. Por eso regresar a expresiones arcaicas o anacrónicas, como las de Jelly Roll Morton o Pérez Prado (próximo montaje de Orquesta La Pascasia), no es un ejercicio de nostalgia, es traer sonidos que son nuevos para muchos que la escuchan y recursos técnicos diferentes a los habituales para los músicos que la interpretan. Ambos sucesos son importantes también para hacer la música del futuro. Esa es la idea que mis amigos han compartido conmigo, ahora lo hago con ustedes.

David Robledo

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Música Corriente

Juan Camilo Orozco Uribe, Músico y Comunicador Social.