De vástagos inútiles

El arte, la cultura y, de alguna forma, la agricultura son hijos solteros y adoptados. Viven donde la mamá que no sabe qué hacer con ellos, se creen jóvenes pero están viejos, son desempleados y se bañan tarde, salen después del almuerzo y poco aportan para los servicios. Nadie sabe cómo manejar la situación.

Una parte de la familia dice que lo mejor es apoyarlos, darles lo justo para que vivan y tenerlos cerca. Ellos, aunque inquietos, saben de flores y cariños. Solo uno que otro tío amargado no los soporta porque brincan en las camas, no lavan platos, son caprichosos y se toman el vino. Por otro lado, hay quienes opinan que hay que montarles un negocio, una miscelánea que les permita sostenerse solos y sacar los pies de la casa. El caso es, y terminando este cuento, que cada vez que tienen que salir pasan vergüenzas pidiéndole la plata a sus padres, a los tíos, a los vecinos ricos y al de la tienda, y ese es el tema que nos convoca, la vergüenza del pedigüeño.

Ya las cosechas no importan, tampoco las obras, pero se viene abajo la casa sin los hijos. Con el tiempo se me aclara la razón por la que relacionan con naturalidad un concepto como la resistencia con el arte, porque aguantar y esquivar golpes curte la carne, desvía los ojos y cava ojeras, como si el cuero se endureciera a los trancazos. “Claro, si después de una tunda de palo, que te mueras es normal” como dijera Blades. Pero no, no es el oficio el que desgasta, es el discurso, el cuento ese que hay que echar sin quebrar la voz, mirando a los ojos y con los dientes fríos de reírse, ¿pero quién se ríe a los golpes? Los locos y los bobos que son los que no entienden que lo que hacen no importa.

Cito entonces a The Colombian cuando digo que no somos más que turistas en el arte, que estamos lejos de hacer sonrojar siquiera, más lejos aún de conmover. ¿Pero qué importa? además de nuestra incapacidad, entendemos que no es tiempo de sentirse así.

Expuesta la posición donde aclaro que no es un complot en contra nuestra, y asumo que no somos nada extraordinario, me lleno de mocos desgastado por el discurso que antes nombraba, que aunque no despierta más que negativas, vislumbra a qué se debe la tal resistencia; yo no sé si este concepto robustece la obra o no, o si acaso procura la duración en el tiempo, el caso es que adelantando conclusiones, parece claro que la lucha no es en vano, porque así son los oficios, los oficios viejos, los oficios de humanos. Dejen de inventar máquinas que hagan música y mejor, inventen unas que pidan plata.

José Villa.

Publicado por

Música Corriente

Juan Camilo Orozco Uribe, Músico y Comunicador Social.